François Hollande renuncia a la reelección como presidente de Francia

02/12/2016
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Es primer presidente francés de V República que renuncia a reelección

PARIS, Francia – La decisión de François Hollande de no participar en el combate electoral de 2017 aparece como una ruptura del orden político tradicional en Francia, ya que —a corto o largo plazo— modificará en forma durable práctica presidencial. Aunque el presidente siga ocupándose de la gestión del país hasta las próximas elecciones, a partir de hoy los franceses podrán comenzar a hacer el balance de su quinquenio.

Consciente de ese riesgo, Hollande se esforzó en presentar su gestión en forma positiva, afirmando que los cinco años de su mandato permitieron a Francia resistir y preservar su modelo social. Sin ocultar los fracasos ni los errores, dibujó un modelo inconcluso de país que los futuros candidatos no podrán ignorar.

La campaña presidencial que se anuncia será ocasión para una implacable disección de los “años Hollande”.

La mayoría de los analistas le reconocen una considerable dosis de coraje para tomar semejante decisión. Es la primera vez en la Quinta República que un presidente cuya edad (62 años) y estado de salud le permiten pretender a la reelección, renuncia a presentarse para un nuevo mandato.

Pero, acosado por los magros resultados de su política económico-social y una impopularidad sin precedentes de apenas 4%, a François Hollande probablemente solo le quedaba la libertad de escoger el momento de su partida. Desde hace semanas, los sondeos anunciaban para él un veredicto feroz si asumía el riesgo de presentarse a las elecciones presidenciales del año próximo.

Hollande conocía los peligros. Si se presentaba aparecería como el asesino de la izquierda y, en caso de una derrota humillante en las primarias de su partido, como el asesino de la institución presidencial, columna vertebral de la Quinta República. Su conclusión fue entonces respetar el espíritu de esas instituciones creadas por el general Charles de Gaulle: cuando se pierde el apoyo popular, cuando los sondeos son demoledores, el ocupante del palacio del Elíseo se iza —gracias a su renunciamiento— a la categoría de un hombre de Estado.

Para un hombre que consagró toda su vida a la política, que conoció la excitación de las campañas políticas ganadas —con frecuencia— contra todas las previsiones, la tentación de probar suerte una vez más debe haber sido grande. Otros lo hicieron, como su antecesor conservador, Nicolas Sarkozy en 2012. Para no arriesgarse a la indignidad de ser derrotado en su propio partido, como le acaba de ocurrir a Sarkozy, Hollande prefirió retirarse.

Gracias a esa decisión, preserva la función presidencial y el país no se verá sometido a un fin de mandato catastrófico. El jefe del Estado no necesitará gobernar durante el día y hacer campaña por las noches. Tampoco se verá implicado en una competición que, en una izquierda atomizada, pletórica de candidatos que se detestan, probablemente termine convirtiéndose en una riña entre perros y gatos de albañal.

En vez de aferrarse al poder, François Hollande dignificó la función pública al darle prioridad “al futuro del país”. Y, aun cuando no lo haya admitido con todas las letras en su intervención ante la televisión, se pliega a las consecuencias de una promesa que no pudo cumplir: reducir el desempleo en forma rápida y considerable. De ese modo, le dio credibilidad a la palabra política y el hombre ganó en estatura.

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