La ministra gala de EconomÃa, Christine Lagarde, desgranó ayer la propuesta de Francia para penalizar fiscalmente los bonus de la banca, con la creación de un gravamen del 50% para las primas abonadas por las entidades a sus directivos.
La iniciativa, que ya fue anticipada en su momento por el presidente de la República, Nicolas Sarkozy, es un calco de la británica y adolece de los mismos inconvenientes: los tintes populistas de la decisión y su incierta eficacia.
El nuevo impuesto se aplicará a aquellos bonus que superen los 27.500 euros, lo que acota bastante el número de afectados, y lo afrontarán las entidades y no los empleados, al objeto de impedir la pérdida de talento.
Alemania y Francia quieren hacer cundir su ejemplo, pero lo cierto es que su empresa conjunta es más un brindis al sol que un intento serio de restringir el riesgo en la toma de decisiones de la banca.
No es de extrañar que algunos paÃses hayan anunciado ya que no seguirán esa senda, como España, donde Zapatero ha descartado, pese a su acentuada vena populista, establecer gravámenes especÃficos para los bonus del sector financiero.
Es una decisión acertada, tanto por la cuestionable efectividad de la medida como por la singularidad del caso español, cuyo sistema financiero ha sido, y es, uno de los más prudentes del panorama internacional.